¿Por qué fisioterapia?
De estudiar para pasar la vida delante de un ordenador a dedicarla a que la gente vuelva a moverse sin dolor.

Mucha gente me pregunta cómo acabé siendo fisioterapeuta. La respuesta corta es que no fue una línea recta. La larga empieza, curiosamente, delante de una pantalla.
Mi recorrido
Un comienzo lejos de la camilla
Mi primera formación fue un ciclo superior de Desarrollo de Aplicaciones Multiplataforma. Programar se me daba bien, pero cuanto más avanzaba, más claro tenía que no me imaginaba pasando toda mi vida sentado delante de un ordenador escribiendo código.
Lo que sí me había acompañado siempre era el deporte. Y aquí tengo que darle las gracias a mi familia. Fueron ellos los que me animaron a probar, a estudiar lo que de verdad me gustaba aunque eso supusiera empezar de nuevo.
Ciencias del Deporte y una encrucijada
Así llegué al Grado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (CAFyD). Aprendí cómo funciona el cuerpo en movimiento, cómo se entrena y cómo se adapta a la carga. Pero con el tiempo me encontré con una realidad incómoda: en España es una profesión con poco mercado y con mucho intrusismo. Tener el título no bastaba. Tenía que especializarme.
En el último año de carrera toca elegir una rama de especialidad, y las opciones estaban sobre la mesa:
Lo tuve claro. Antes que ser profesor o dirigir una instalación, yo quería estar en el ámbito deportivo y dedicarme a ayudar a personas: a deportistas lesionados y a cualquiera con un problema físico que le impidiera hacer su vida con normalidad.
De la readaptación a la fisioterapia
Al terminar CAFyD lo vi claro: si lo que quería era ayudar a la gente a recuperarse de una lesión o de un problema físico, la fisioterapia era la forma de hacerlo de principio a fin: valorar, tratar y acompañar hasta la vuelta a la actividad. Así que decidí volver a la universidad.
Estudié Fisioterapia en la Universidad Francisco de Vitoria, con un año en Coventry University (Reino Unido) que me hizo ver el amplio abanico de posibilidades que ofrece la profesión, y, al terminar, hice el Máster Universitario en Fisioterapia Invasiva en el CEU San Pablo, el primer máster oficial en esta especialidad en España. Desde entonces he trabajado con deportistas y con personas mayores. Son dos mundos muy distintos, y los dos me han enseñado lo mismo: cada persona necesita su propio tratamiento.
La paciente que me confirmó que había elegido bien
Mis primeros pasos como fisioterapeuta fueron a domicilio, en el Barrio de Salamanca. Trabajaba para Fisiogestión, la empresa que prestaba el servicio de fisioterapia domiciliaria a pacientes del Hospital de La Princesa. Entrar en casa de alguien cambia la forma de trabajar: ves cómo vive, qué le cuesta y qué quiere recuperar.
De aquella etapa hay una paciente que no olvido. Había sufrido un ictus y había perdido la capacidad de caminar y de hablar. Empezamos a trabajar juntos, sesión a sesión, en coordinación con su logopeda. Dos meses después volvía a caminar, y con el trabajo de su logopeda había recuperado también el habla.
Ese caso me enseñó dos cosas que sigo aplicando cada día: que la constancia en el tratamiento marca la diferencia, y que los mejores resultados llegan cuando los profesionales trabajamos en equipo alrededor del paciente.
Lo que me aportó venir del deporte
Venir de las Ciencias del Deporte marcó mi forma de tratar. Para mí, quitarte el dolor es solo el principio. El objetivo es que el cuerpo vuelva a tolerar la carga de tu día a día, ya sea correr una maratón, jugar al pádel o cargar con la compra sin molestias. Por eso el ejercicio terapéutico está en el centro de casi todos mis tratamientos.
Y, curiosamente, aquel pasado de programador tampoco se ha perdido: me ayuda a gestionar muchas cosas que no se enseñan en la carrera y que también forman parte de llevar una clínica.
Lo que me sigue enganchando cada día
Dejé la programación porque no me veía toda la vida delante de una pantalla. Hoy puedo decir que acerté: la fisioterapia es justo lo contrario de un trabajo repetitivo.
Hay problemas que se repiten mucho, como las molestias musculares de espalda. Pero muchos otros no: casos que te obligan a pensar, a revisar la evidencia y a adaptar el tratamiento a esa persona concreta. Esa mezcla de ciencia y trato humano es lo que hace que, años después, siga llegando a la clínica con ganas.
El movimiento es vida
Si tuviera que resumir cómo entiendo la fisioterapia, lo haría con una frase que no es mía. Ya había terminado la carrera cuando me tocó estar al otro lado: me operaron de la mano. En la primera revisión, el traumatólogo me dijo algo que nunca he olvidado:
Esa imagen se me quedó grabada, y hoy es la base de mi trabajo. El cuerpo está hecho para moverse. El reposo tiene su momento, pero lo que de verdad recupera una lesión es volver a moverse de forma progresiva, segura y bien guiada. Mi trabajo es ayudarte a que esa bici no se oxide.
Cómo nació Fisioin20
De dónde salió la idea, por qué el Barrio de Salamanca y qué quería hacer distinto.
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